Señor,
yo no sé lo que daría
para que tu paz no se perdiera
en las voces de los líderes
que proclaman la violencia.
Para que tu paz no se diluyera
en el llanto de un niño hambriento
que implora a su madre
un plato de comida.
Para que tu paz no se silenciara
con el estruendo de las bombas
que barren con los hogares
de la gente inocente.
Para que tu paz no se rompiera
por el grito desgarrador de
un soldado herido de muerte
que jamás volverá a casa.
¡Ay, Señor!
Yo no sé qué daría
para que los hombres
comprendieran que la paz
del mundo no tiene precio.
Elena Ovalle

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