Yo visto cada día los colores del tiempo
y aunque respeto sus ciclos con rigor
cambio a menudo sus ceremoniales.
A comienzos de mayo,
vuelvo las hojas muertas en peces
y los dejo revoloteando por el jardín
de la mano del viento.
Y si la lluvia cae a lo lejos
en tierra de nadie,
suben conmigo hasta los cerros
para bailar una danza de Oriente.
En las tardes de julio,
cuando los cielos se cubren
con velos de viuda,
bordo mis sueños con hilos de silencio
y los guardo celosamente bajo la luna,
hasta que la nieve abandona las cumbres
y la ciudad se inunda de una nueva luz.
Entonces,
expongo mis lienzos al sol
y espero pacientemente
la llegada de las mariposas.
Ellas se encargan de elevar al cielo
mi pliego de peticiones.
Y, a veces, tienen suerte.
Elena M. Ovalle

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